Hace un poco más de 206 años, en Villa de Leyva, se reunieron representantes de distintas latitudes de nuestro país. Lo hicieron con el firme propósito de encarnar y materializar el anhelo que inspiró y alimentó la lucha de invaluables hombres y mujeres. Auténticos héroes que se negaron tajantemente a que su tierra y su gente siguieran subordinados a los mezquinos intereses del sistema colonial peninsular que tanto daño y desidia causó.

 

Los representantes de las provincias de Antioquia, Casanare, Cundinamarca, Pamplona, Popayán, Tunja, Cartagena y Socorro recorrieron, en algunos casos, muchos kilómetros para exclamarle al mundo su deseo de auto-determinarse y construir a partir de sus diferencias un proyecto común y superior. Este proyecto se basaba en la voluntad de los pobladores de dichas provincias de reconocerse a sí mismos como una comunidad política y social independiente, regida por los baluartes inconmensurables de la justicia y la libertad.

 

Tenían claro que el camino trasegado a través del primer periodo de la gesta independentista no podía concluir en un sistema que sacrificara la autonomía de cada uno de los territorios en favor de un nuevo yugo, esta vez de carácter centralista. El deseo de unión era una consigna que cobraba validez y legitimidad únicamente con el presupuesto de que las provincias reunidas serían reconocidas como auténticos miembros, y no como simples títeres de un Estado central que los desconociera y menospreciara.

 

La indignación de Manuela Beltrán, la sangre de José Antonio Galán, el suplicio de los comuneros y el sacrificio histórico de nuestra gente no aceptaba modelos autoritarios que desvanecieran las voces de todo un pueblo que clamaba en la periferia de nuestra geografía. Ese mismo pueblo que exigía, y exige, espacios de participación que le permitiera ser parte activa de las decisiones que debían ser tomadas. Por eso este era un Congreso de Unión, no de fusión. Fue así como las Provincias Unidas de la Nueva Granada fueron concebidas en esa casa esquinera, en el marco de la plaza de Villa de Leyva, cuya reapertura hoy celebramos todos los boyacenses.

 

Aquel lugar guarda un cúmulo de símbolos que es necesario resaltar: el cerro de Iguaque, consagrado por nuestros indígenas, resguardó este Primer Congreso de nuestra historia, recordando las raíces de nuestro origen conjugadas con el sincretismo de un mestizaje que aún hoy en día nos engrandece y emociona. El suelo adoquinado en el cual se levantan las más bellas fachadas fue el escenario que recibió, con la característica hospitalidad del pueblo boyacense, a todo un país que se desbordaba en la emoción de un nuevo nacimiento, esta vez bajo nuestros propios términos. Han sido 206 años de generosidad y hospitalidad de este municipio con el país.

 

Muchos de los hombres, a los que SÍ podemos llamar acertadamente padres fundadores, pagaron con sus vidas la lealtad a sus terruños. El paso reconquistador de Morillo no perdonó que este pueblo se levantara en busca de los cauces de su independencia.  Pero ni Morillo ni el centralismo podrán borrar nunca lo que aquel primer Congreso significó para la construcción de nuestro país.

 

Los trabajos de restauración de esta edificación honran la memoria de esos primeros dignatarios y es apenas natural que debamos unirnos a la celebración de su existencia. Pero no podemos honrar de manera completa sus esfuerzos, sin hacer el compromiso de restaurar, más allá de la fachada y las paredes, los nobles ideales de los que fue testigo nuestra querida Villa de Leyva. La restauración nos lleva necesariamente a la reconstrucción de esa espacio-temporalidad, que debe ser traída a nuestro presente, para invitarnos a reflexionar cómo hemos respondido a los esfuerzos que allí se materializaron. Es precisamente por ello que debemos emprender un cuestionamiento cuya conclusión es que la tarea aquí comenzada no ha sido terminada y requiere nuevamente esfuerzos orientados a preservar y fortalecer la autonomía territorial, tan amenazada por las circunstancias actuales.

 

La Constitución del 91 marcó diferencia y se alejó de aquella Constitución de 1886 que quiso relegar a nuestras regiones a un tercer plano. El germen del federalismo y la autonomía plena está esperando, a manera de cláusula dormida, ser despertado de una vez por todas. Somos ahora nosotros los responsables de revivir las ideas que se impusieron en esta casa y de llevar a la realidad política del país el respeto que nuestra Boyacá del alma, así como cada uno de los departamentos, merece.

 

Hoy convoco a todas y todos los boyacenses a que nos unamos en celebración en torno a este gran ejemplo de nuestra historia.