Juan Sebastian González
Estudiante de Sociología y Filosofía
Universidad Externado de Colombia

 

En la pandemia se han construido nuevos símbolos, unos símbolos que representan el funcionamiento de la sociedad y los indicadores del qué hacer. Mientras  las calles vuelven a ocuparse se conocen, simultáneamente, nuevos casos de represión por parte de la policía contra quienes deben romper la cuarentena para poder subsistir.

La sociedad colombiana no resiste más un aislamiento prolongado, casi sempiterno. Ni la economía ni la estabilidad mental parecen tolerar el encierro masivo, razón por la cual, cada vez más se asistirá al retorno de las calles con la atenuante del distanciamiento social y el infaltable tapabocas. Este último elemento significa un cambio de estética, por lo menos en el corto plazo, sustituyendo la el maquillaje que se acostumbraba usar antes de la pandemia.

 

Con el uso asiduo del tapabocas, la sociedad será testigo de la nueva  cosmética que adorna el rostro humano. La peculiaridad de este elemento, que cubre únicamente la boca y la nariz, pero, deja los ojos a la vista, expresa la singularidad histórica a la que se enfrenta la sociedad contemporánea. Que se dificulte hablar, y además, se cree un obstáculo físico para el dialogo, es el advenimiento del tiempo de ver, de observar. Es el momento de darle prelación a este sentido. Es el tiempo de la vista.

La falta de recursos,  de alimentos y de ingresos, ha desencadenado una serie de protestas barriales atendidas coercitivamente por parte de las instituciones públicas, que ante la imposibilidad de brindar ayudas alimentarias o económicas, se ve obligado a desplegar su dispositivo de la fuerza funcionando, ahí sí, con rapidez y eficacia.

Las problemáticas que se observan en esos sectores, no son a raíz de la pandemia, son problemáticas preexistentes a ella. El hambre, la falta de alimentos, el trabajo informal y el rebusque del día a día no fueron causados por el coronavirus, son el resultado histórico de un sistema que propende a la exclusión y a la desigualdad social, pero, que el afán de la cotidianidad o la acuciante indiferencia no permitían ver. Lo que el Covid sí ha hecho, es agudizar y dejar en evidencia  su existencia.

Hoy, en la era de la información,  es imposible ignorar estos llamados. La apatía generalizada ya no es una opción. La acentuación de estos problemas convierte al tapabocas, más que un elemento de protección personal,  en el símbolo que indica la necesidad de darle mayor visibilidad a esos problemas estructurales de la sociedad  que histórica, política y socialmente se han evitado. ¡No hablemos, observemos!

Llegó, pues, el lapso de utilizar más los ojos. El momento de visibilizar y reconocer a las clases más marginadas de la sociedad para sembrar una consciencia social que comprenda la naturaleza humana de coexistir con sus semejantes en armonía.